sábado, 26 de mayo de 2012

Camino de la Perdición

Era la mañana del día en que íbamos a reencontrarnos. Había pasado el tiempo, pero los recuerdos se materializaron con tanta certeza que me costaba abrirme camino entre el angosto presente.

Me sacó de mi fascinación la imagen de mi vestidor, con todos mis zapatos organizados allí de nuevo, como entonces los tuviera, y me vi de nuevo arrastrada por los recuerdos que, incontrolables, parecían filtrarse por entre las paredes hacia el interior de la habitación. Hasta el aire parecía teñido de los perfumes de antaño. Hasta el vacío parecía volver a impregnarse de su esencia.

Elegí cuidadosamente la falda, la blusa y los zapatos, y procedí a plasmar mi inquietud en el espejo mientras me retocaba el maquillaje. Añejas mariposas revoloteaban en mi estómago, y nuevas fantasías me invitaban a quedarme fija en mi porpio reflejo, a unos centímetros del empañado espejo.

No sabía lo que sucedería, pero iba decidida a todo. Había pasado el tiempo, demasiado tiempo, pero, lejos de haber apagado mis ansias de verle, había traído con mucha más fuerza que nunca mis antiguos deseos. Nada más finalizar esta reflexión, volví en mí ante el espejo y me miré fijamente en mis pupilas. "Ya es demasiado tarde", me dije. "Ya es demasiado tarde para volver atrás. De nuevo".

Y como una exhalación me subí en el descapotable. Me até con firmeza el cinturón de mi gabardina, me puse las gafas de sol para evitar que mi maliciosa mirada me distrajera en el retrovisor, y me retoqué el rosado carmin. Aceleré. El motor sonaba delicioso. Pero no tanto como mis reprochables pensamientos. Y me dirijí serpenteando por las calles parisinas hacia donde Él me esperaba.

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