jueves, 27 de diciembre de 2007

Las Vidas que nos quedan por vivir.

Sus ojos de gato se fijaron en los míos mientras le daba vueltas al café con despreocupación. Sonrió y sus ojos se achinaron. Me miraba con inquietud; con ese extraño movimiento ocular que parece traspasar el espesor de mis pupilas en una suerte de lenguaje propio. Queriendo significar algo. Ocultando algo. Expresando sin sonidos lo que después verbalizaría:

- Sería absurdo que nos opusiésemos a esto, muñeca.
- Sería absurdo y una pérdida de tiempo, porque acabaríamos cayendo de cualquiera de las maneras. Ya lo hemos comprobado.
- Sí. Pero es mejor así. Además, no debemos resistirnos a este destino común que estamos trazando con nuestros propios pasos. Nuestras vidas se han cruzado. Se cruzaron hace tiempo..
- Otra vez...
- Sí. Y volverán a cruzarse tantas veces como vidas tengamos. Por eso debemos estar juntos tanto como podamos: para poder así reconocernos en vidas futuras y permitir que se entrelacen de nuevo.

Su expresión era de ternura. De cariño. Me atrevería a decir que era de esperanza. Sonrió de nuevo, achinando sus ojos de gato y creí oírlo ronronear. Siguió dándole vueltas al café despreocupadamente. Como si nada.

Como si lo que hubiera dicho no se me hubiera clavado en lo más profundo de mi alma, que no es otra sino la suya, allá donde quiera que la tenga.

viernes, 21 de diciembre de 2007

La Boutique de los Deseos

Mientras le decía al ascensorista: "Rez de Chaussée, s'il vous plaît", notaba como el corazón casi se me salía por la garganta. Hacía tiempo que no nos encontrábamos y estaba algo excitada. Salí del portal y te avisté apostado en la esquina con aire de galán. Mientras todo el mundo se movía sumido en una frenética danza pre-navideña, el tiempo pareció congelarse un segundo a tu alrededor. Tus gafas oscuras escondían esa mirada que tanto me perturba y te daban ese aire de canaya que me imanta a ti. Imaginé tus ojos tras los cristales y caminé hacia ti. Nos besamos como dos simples conocidos pero estremeciéndonos al simple contacto de nuestros cuerpos.

Era un día de crudo invierno cuando entramos en una de las boutiques de la rue Saint Honoré. El apuesto e impoluto dependiente, que se me antojó un maniquí articulado, nos hizo un gesto reverencial mientras nos abría paso hacia el cálido interior. Te deslizabas mirando prendas al azar utilizándolas como pretexto, con tu interés puesto únicamente en mi. Yo percibía tu impaciencia a la vez que luchaba por contener la mía. Una dura empresa, sin lugar a dudas.

Cogiste un par de prendas caminando con decisión. Yo te seguía sin reparar en ello cuando de repente me sorprendí en el umbral de los probadores. Con un sobresalto casi inconsciente hice el amago de detenerme, pero te giraste y me dedicaste una de esas miradas lascivas que anula mi voluntad, si acaso es una diferente de la tuya. Tu dedo índice me hizo un llamamiento e hipnotizada, te seguí. Cuando quise darme cuenta, la puerta del escueto probador se cerró tras el murmullo de mis tacones ahogado sobre la moqueta roja, y me encontré rodeada de espejos frente a ti.

Con prepotencia, me arrinconaste contra uno de los espejos. Sentí tu vello erizarse bajo tu ropa, darte un vuelco el corazón y dilatarse tus pupilas. Sin ocultar las trazas de lujuria que escapaban a borbotones por tu descarado atrevimiento, te dejaste caer sobre mis labios, apresando mis manos sobre el espejo a mis espaldas y dejando que tu cuerpo se acoplara al mío. Entreabrí mi boca para besarte con impaciencia justo en el momento en que percibí cómo tus suspiros se volvían líquidos entre mis labios.
Y moléculas de tu perfume se filtraban por mis poros bajo mi piel.

Me abandoné a esa locura como me abandoné a la de caer entre tus brazos años atrás. Sin oponer resitencia. Sin renegar de los acontecimientos. Dejándome arrastrar por los pasos que aún no hemos dado hacia ese destino común del que no creo que salgamos nunca.

miércoles, 12 de diciembre de 2007

Enganchado a mi

Me asalta sin apenas preverlo el recuerdo de tus últimos besos y, si me abandono al hechizo que ejerce tu osadía sobre mi, siento un vuelco en el estómago.
Tus labios ponían límites a mis palabras y, al entreabrir lo ojos, encontraba ese ritual exquisito de locuras entrelazadas. Tus susurros se clavaban con dulzura en mis labios, haciéndolos palpitar de deseo, y tu mano asía mi cuello con esa fuerza casi innecesaria que me apresa y me supedita irremediablemente a tu arbitrio, como un brazo desesperado en un intento de aferrarse por siempre a este instante reprochable y compartido.
Tus versátiles y enmascaradoras manos ardían sobre y bajo mi piel y desfilaban imparables por mi culpa desintegrada mientras yo me abandonaba al deleite de sentirme deseada hasta el punto irracional del absoluto desenfreno.
La estela que dejaron tras de si tus palabras me distrae justo en el momento en que me recreaba recordando el palcer de haberte clavado un tacón en el empeine como castigo ante tu descaro mientras clavaba aún con más vehemencia mis pupilas en tus ojos.
- Creo que me utilizas - dijiste con una mezcla de sumisión y reproche.
- Por supuesto, querido. Pero creía que eso ya había quedado lo suficientemente claro - dije esbozando una tórrida sonrisa.
Permitiendo que esa misma sonrisa aflore de nuevo en mi rostro, continúo abandonándome al onírico recuerdo de tu manifiesta adicción por mi. Porque, quieras o no admitirlo, querido, te has enganchado a mi.

lunes, 10 de diciembre de 2007

Todas y cada una de las veces.

Me quedo de nuevo a solas con la banda sonora de mi soledad observando cómo mi reflejo se desfigura a cada puñal afilado que libero entre mis párpados.

Me encadenas a tus silencios. Me liberas a traición para después volver a apresarme entre tus brazos, sin permitirme escapar por las ranuras de tu presencia. Y, como un alma en pena, me quedo aguardando el próximo cautiverio, porque esa cadena de silencios es la que da sentido a mis gritos ahogados bajo la almohada de cualquier día. Y me juro y me perjuro que te haré pagar cada una de las veces.

Las veces que estuviste y las que no. Las que me amaste. Las que me abandonaste tras un beso entregado al aire. Las que me poseíste. Las que me permitiste escapar. Las que me hiciste creer que todo dependía de mi. Las que te engañé haciéndote creer que era yo quien tenía todo bajo control. Las que te dejaste engañar haciéndome creer que creías que era yo quien tenía todo bajo control.

Y te agarraré tan fuerte que dejaré rastros de avaricia sobre tu espalda. Y con bocanadas de pasión atoraré tus labios. Y enmudecerás de tal modo que la cadena de silencios trenzada de deseos aún por alcanzar a la que ahora me aferro hará que algún día te salve. Y me salves.

miércoles, 5 de diciembre de 2007

Almas errantes; almas infieles.

A veces tengo la sensación de que erramos desnudos, con la conciencia prostituída saliendo a penas cae la noche a arañar las esquinas de una vida que se nos desmorona.

Otras veces, pienso que tenemos lo que queremos, o lo que nos merecemos, y no ha hecho más que empezar. Y muta hacia la condensación inevitable de pensamientos, anhelos y deseos. Unos absolutamente egoístas y reprochables. Otros, pretextos que ocultan una soledad fría y despótica. Somos cómplices y coautores. Somos partes imprescindibles en este delirio que nos mantiene vivos al margen de lo correcto. Somos ángeles disfrazados de demonios jugando a serlo sin tapujos.

Erguidos sobre la cuerda floja de nuestras apariencias, necesitamos perder de vez en cuando el equilibrio para lograr mantenerlo en nuestra cotidianeidad. Es el único modo de mantener en pie ese castillo de naipes que se erige allende la línea que separa lo debido de lo deseado.

Y, aun a sabiendas del peligro que corremos, camino por delante de mis propios pasos, haciendo resonar mis armónicos tacones por el filo de las inevitables dudas. Burlando a la amenaza de cualquier vida rectilínea me apuesto desafiante en sus meandros; me adentro sin dudarlo en lo que el devenir nos depare sabedora de que la partida terminará cuando no me queden cartas nuevas con las que seguir encandilándote.

Y sólo en momentos de inusitada debilidad me quito el antifaz y contemplo mi reflejo mientras mis tribulaciones se pierden en el único interrogante sin respuesta: "cuándo, en qué momento caí en la trampa de apresarte entre mis redes".

martes, 4 de diciembre de 2007

Hacia donde se esconde el dia

Era un día de invierno de un mes de marzo cualquiera cuando subí a aquél avión aun a sabiendas de que todo cambiaría. Cada paso que daba escaleras arriba me colmaba de incertidumbre y de expectación. De la indómita inquietud que genera lo desconocido.

De lo que pasaría una vez volviera a poner el pie en tierra firme, no estaba segura. De lo que sí estaba segura es de que, a mi retorno, todo habría cambiado. Yo ya no sería la misma. Nunca más sería la misma.

Recuerdo con perfecta nitidez que dejé que mis pensamientos se suspendieran sobre el atardecer tatuado de nubes al tiempo que las sobrevolábamos. Fantaseaba con el reprochable hecho de que nuestras vidas se cruzaran definitivamente, aunque también sabía que sería un salto al vacío. Una acción cuyas consecuencias eran difíciles de controlar. Siquiera de prever. Y así, tratando de alcanzar un imposible volé de este a oeste. Del lado racional al emocional. De las luces a las sombras. Volando, sin saberlo, hacia el punto de fuga de aquel día.

viernes, 23 de noviembre de 2007

Sublimación

La imperante lujuria que comenzaba a doblegarnos nos arrancó del restaurante cual verdugo de cualquier instante pausado y nos arrojó a la oscuridad de la noche con soberbia. Te situaste a mi izquierda, muy pegado a mi. Podía sentir el calor de tu cuerpo a través de mi gabardina, burlando el pétreo frío invernal a las orillas del Sena.


Así tu brazo con fuerza mientras, inquieta, miraba en derredor para evitar el accidental encuetro con posibles conocidos. Pero de repente, mis sinfónicos pasos se toparon contigo. Dando un giro acrobático sobre los adoquines mojados, te situaste frente a mi, a escasos milímetros de mi rostro. Apresaste mi cuerpo entre tus brazos víctima de una pasión descontrolada, y tus labios se clavaron en los míos. Nuestras ansias se entrelazaron en la isolencia de un beso desnudo en plena calle, sin importar quién pudiera vernos. Pero a esas alturas era ya imposible resistirse al brazo ejecutor de tu imprudencia.

Mis labios se deslizaban por los tuyos, en un intento heróico por retenerlos entre la humedad de mis suspiros y me asías con fuerza la nuca, mientras mis dedos se enredaban, tirando de tu pelo. Como un volcán en erupción, recorrías mi cuerpo con temblores materializados en ardiente deseo, sin que yo opusiera resistencia. Al fin y al cabo, eso lo que quería. En una lucha encarnizada por morder labios ajenos y apresar candentes susurros rodamos hasta el coche. Me preguntaba si el interior soportaría las altas temperaturas de nuestra locura.

En pocos segundos la visión de la torre Eiffel se empañó tras el cristal teñido del vaho que desprendían nuestros cuerpos y exhalaciones, y en un torbellino de deseos que cobraron la forma del placer más reprochable nos fundimos en una sola criatura.

Una criatura demoníaca, perversa y hedonista que, con la luz del sol, no hubiera sido más que un ángel caído.

Reflexiones de un Infiel

Entramos al restaurante y el garçon nos acompañó a nuestra mesa. El pianista en el rincón, que hacía piruetas con las manos sobre las teclas, me recordó sin más a tus diestras caricias; a tus experimentadas manos de marido, de padre, de médico, de amante. Te ocupaste de acomodarme en mi silla mientras el garçon encendía las velas en el centro de la mesa. Como si necesitáramos más fuego a nuestro alrededor.

Con las copas de Dom Perignon tintineando entre nuestras manos y el descarado deseo rasgándonos las entrañas, comenzamos a hablar de "lo nuestro", como te gusta llamarlo. Tus teorías exculpatorias de toda maldad en nuestra incorregible conducta y tus apologías del control sobre los propios actos pero no de sus consecuencias, sonaban como el segundero apresurado en su precipitada cuenta atrás. Mis descaradas respuestas encendían las calderas de tu deseo y podía sentir cómo tus ojos me devoraban en público mientras yo jugaba a retener tus pupilas fijas sobre mí.

Mientras hablabas de tu vida y del espacio que ocupo en ella, me mordisqueaba los labios, humedeciéndolos para hacerlos brillar a la luz de las velas, y percibía el desconcierto entre tu cerebro, que hacía un esfuerzo por centrarse en la interesante exposición, y tu cuerpo, que se derretía ante mi manifiesta indecencia. Jugueteaba con un mechón de cabello entre mis dedos cuando te oí decir:

- Eres TÚ. No es que yo tenga un hueco en mi vida y haya decidido llenarlo. Es que TÚ y yo nos hemos encontrado. Estoy contigo porque QUIERO estar contigo. Y si no estuviera contigo, NO estaría con nadie más.

- Y yo que estaba convencida de que eras mucho más malo... -dije, con ánimo de provocarte.

- No. Convéncete: eres TÚ, encanto, la que me trae de cabeza. No es sólo el atractivo físico, que lo tienes. Es ÉSTO -dijo dándome golpecitos en la frente con la tibia yema de su dedo. Esbozó una sorisa, respiró hondo y me pareció ver cómo sus pupilas se dilataban. - Eres un reto intelectual al que NO quiero renunciar.

Esas últimas palabras sonaron definitivamente halagadoras. Sonreí de forma lasciva. Habría tirado al suelo las velas, las copas, los platos y las flores de un codazo para saltar sobre ti. Pero hoy debía atemperar mi impaciencia: me había propuesto llegar al mismo punto pero con menos grado de culpa. Hoy serías tú el que saltaras sobre mi. Y así lo hiciste.

TO BE CONTINUED...

miércoles, 21 de noviembre de 2007

El Despacho

Respirando profundamente a lo largo del pasillo, te seguí hacia tu despacho. Abriste la puerta con un gesto galán y entré. Intentando disimularlo, hacía un esfuerzo descomunal por contener mis nervios e intentar que mi respiración pareciera sosegada. Me invitaste a sentarme y, de camino de nuevo a tu silla, cerraste la puerta con pestillo. Un escalofrío recorrió mi espalda.
- Así es que es aquí donde trabajas..
Retiraste unos papeles y los apilaste en un montón que tenías en el extremo derecho de la gran mesa. En ese momento, observé en derredor con disimulo y visualicé de soslayo la alfombrilla del ratón horrorizada: impresa en ella, desgastada quizá por el uso, quizá por el tiempo, o por ambas cosas, una foto de familia. Con un gesto muy elocuente, la apartaste con el codo hacia el otro extremo de la mesa y te apoyaste sobre ambas manos mirándome embelesado.
- Tenía ganas de verte, muñeca.
- Lo se.. ¿Y si entra alguien?
- Tranquila, he echado el pestillo.
- Estas paredes son de esos paneles móviles, ¿cierto?
- Sí. Y el de al lado el el despacho de mi jefe. Pero tranquila. No vamos a gritar, ¿no?
- Yo no estaría tan seguro..
Me levanté y miré por la ventana. Era uno de esos días grises de nubes hinchadas y tiznadas justo encima del horizonte. Había llovido, y probablemente, lo volvería a hacer. En ese momento noté tu respiración justo detrás de mi cuello y ceñiste mi cintura con firmeza. Mis ojos se cerraron como un acto casi reflejo y mi imaginación voló chocando inmediatamente contra los límites de la corrección. Pero cuando me giré para decirte "espera, esto es una locura", ya era demasiado tarde y tus besos se habían apoderado hasta de mi última exhalación. Con mi espalda pegada al cristal frío, y tus labios incandescentes sobre y bajo mi piel, intenté en vano hacerte reflexionar un momento. Pero para entonces, ¿quién quería razonar?
Tus manos se adhirieron a mi cuerpo y lo recorrieron sin recelo apresando cada centímetro de mi piel. Te clavé con furia las uñas en la espalda y los dientes en el cuello, no sé si como recompensa o como castigo ante tu atrevimiento. En uno de nuestros incontrolados movimientos, golpeamos con fuerza el panel que hace las veces de pared entre el despacho de tu jefe y el tuyo, pero ni siquiera eso atemperó tu ánimo enfebrecido. Atravesaste mis pupilas con una sonrisa socarrona, y me besaste con ansia. Entre nosotros, la pasión roza la furia y la furia, el desenfreno. Y, en un día como ese, ni siquiera la tormenta que se desataba afuera hubiera podido aliviar la que se liberaba dentro.

Y cada vez más adentro...

viernes, 16 de noviembre de 2007

El Embarcadero

Sin siquiera pararnos a reparar en ello, nos adentramos en la oscuridad como dos sonámbulos deambulan con propósito incierto a sabiendas de que no pueden ser despertados. Sellados bajo la noche, mis pensamientos revoloteaban inquietos sin destino aparente mientras en mi cintura comenzaba a arder el calor de tus manos. Sentía el calor de tu cuerpo a mi lado, pero no quería mirarte abiertamente sabedora de que, al más mínimo contacto de nuestras miradas, la chispa del desenfreno saltaría y de un arrebato cruzaríamos esa delgada línea que separa la cordura de la más absoluta enajenación.

Continuamos hundiendo nuestros pasos en la oscuridad del embarcadero de le Quai de la Tournelle como autómatas que no pueden escapar a su destino. Tu calor se hacía cada vez más intenso hasta el punto en que no pude resistirme a mirarte frente a frente. Me paré en seco frente a tí y tus labios se lanzaron en picado contra los míos. Te mordía con fuerza, succionando tus besos cuando te aparté de golpe. Así, sin permitir que me saborearas como tanto te apasiona, me encendí un cigarrillo. Y sin hablar, te contemplé.

Entre mis guantes de raso negros se deslizaba, revoltoso, un mechón de mis cabellos. Mis labios palpitaban contra la boquilla dorada impregnada de carmín a la par que mis ojos se clavaban en los tuyos con cierto descaro. Mi cuerpo era escaparate de tus lascivas miradas. Y yo lo sabía. Fumé serenamente mientras degustaba tu ansia por estrecharme. Tus ojos recorrían mi cuerpo en un baile frenético y tu respiración parecía entrecortarse a cada uno de mis pausados movimientos. Cada vez podía sentir más de cerca tu calor aunque aún no te rozaba. Fui recortando la distancia entre nosotros y fumando hasta acabar mi cigarrillo. Nos quedamos frente a frente y, con un delicado movimiento, saqué el cigarrillo de la boquilla y lo aplasté contra el suelo. A la vez que aplasté el cigarro, aplasté deliberadamente mi cuerpo contra tí, y no tardaste en asirme con fuerza. Nuestros ojos se cruzaron, ahora si, envenenados de esa pasión que nos somete.

Y una vez más me arrebataste ese efímero pero dulce control sobre tí de una simple embestida. La furia de tus besos descarnó mis pasiones. Me desgarraste el recuerdo y condenaste mis fantasías a un nuevo referente. Tus manos albergaban mi cuerpo como si no lo fueran a soltar nunca. Y una vez más, te colaste bajo mi gabardina, bajo mi camisa, bajo mi falda. Bajo mi piel. Y allí te quedaste: bajo mi piel.

domingo, 11 de noviembre de 2007

Las Reglas del Juego

Me miraste con aire contrariado. Me encanta lanzarte retos intelectuales aun a sabiendas de que serán como un boomerang que retornará hacia mi casi con más fuerza de con la que fue lanzado.
- "Garçon, l'addition, s'il vous plaît", dijiste con gravedad.
- ¿Me estás diciendo que tienes la intención de dejar a tu mujer y a tus hijos?
- No. Sabes que eso no cabe ni cuestionarlo.
- Entonces, ¿de qué me estás hablando? ¿Has decidido que vas a dedicarme un tiempo que no tienes, porque se lo debes a tu familia, para pasear conmigo como si fuéramos adolescentes, cogidos de la mano, a la vista de todo el mundo pero sin ninguna repercusión en nuestras vidas? Querido, me estás proponiendo que seamos algo más de lo que somos. Pero hay un pequeño inconveniente: somos simples amantes. Amantes ocasionales que juegan contra el destino en una partida arriesgada. No hay continuidad tras nuestros encuentros. Lo que somos lo debemos a nuestras circunstancias particulares y creo que es un detalle que no deberíamos obviar. Tú no vas a cambiar tu vida por mi. Ni te lo estoy pidiendo. Pero no me pidas que adecúe mi existencia a tus caprichos. Porque no lo haré jamás.
La noche se cernía ya sobre la aureola de luz amarillenta de los faroles del bulevar Saint-Germain. Caminamos por las cercanías del Sena hasta pasar Notre Damme. La iluminación nocturna la hacía erigirse magestuosamente en medio de la noche. Como tantas veces tu solo recuerdo se había erigido en el seno de las mías. Bajamos las escaleras y caminamos hacia el embarcadero. La quietud de la noche comenzó a arrancarme oscuros pensamientos que sólo en la quietud de la noche tienen cabida. Sin decir ni una palabra, te agarré de la pechera y te besé con furia, con desesperación y casi con odio.
- No me pidas que renuncie al único pretexto que me posibilita estar contigo. La noche es el único lugar en el que puedo esconder mi sentimiento de culpa. Con los primeros rayos de luz, los recuerdos descubren atroces engaños. Eres egoísta. Eres un cínico y un tirano, pero este juego me resulta divertido. Y no, no pienso abandonar la partida. Pero, eso sí: a partir de ahora, las reglas del juego las pongo yo.

viernes, 9 de noviembre de 2007

Justos y Pecadores

Caía la tarde sin ningún miramiento sobre los castaños del bulevar y entre sus hojas se filtraba una pátina de humedad grisácea. Con convicción, hacía resonar mis pasos sobre los adoquines redondeados, ciñendo con firmeza a mi cintura el cinturón de mi gabardina. El frío del incipiente invierno se filtraba a través del foulard de seda gris perla que llevaba anudado al cuello y casi me helaba las palabras aún por pronunciar.
Entré en el pequeño Café de Flore y de inmediato me encontré con tus ojos clavados en los míos. Esbozaste una de esas sonrisas maliciosas que casi desfiguran tu rostro angelical y me atrajíste irremediablemente hacia tí sin siquiera ser consciente de ello. Pediste dos copas de Chardonnay y brindamos.
- Por nosotros, muñeca. Y porque a partir de hoy las cosas serán diferentes.
- Por nosotros, dije con cierto aire de expectación.
Las copas resonaron justo en el punto de encuentro de nuestras miradas.
- Y dime, ¿qué es lo que va a cambiar entre nosotros?
- Tú no te has dado cuenta, pero ya ha cambiado. Ha ido cambiando durante todo este tiempo; lentamente; deliberadamente. Pero, queramos admitirlo o no, todo ha cambiado. Y nos ha cambiado. Desde que nuestras circunstancias forman parte de nosotros mismos, el lazo que nos une, preciosa, es algo que persiste en el tiempo. Que cambia nuestro presente, que cambió nuestro pasado, y que cambiará nuestro futuro. Ocultarlo sería negar la realidad. Y esa realidad, querida, lo queramos o no, nos pertenece.
- Sí. Como exposición filosófica sobre el hecho probado de que hay algo entre nosotros, no está mal. Pero ahora, ¿podrías decirme por qué brindamos hoy?
- Porque ya no vamos a escondernos, muñeca.
- ...
- El riesgo que asumimos viéndonos es muy grande. Tanto como el placer que me producen nuestros encuentros. Y tanto es así que he decidido no seguir limitándome en función de lo que pueda resultar más seguro. Quiero disfrutar de tu compañía sin límites. Quiero pasear contigo cogidos de la mano, o intensamente abrazados. París es una gran ciudad. Y muchos son los ojos anónimos que nos rodean. Así es que -dijo tomándome las manos entre las suyas- no pienso esconder lo que me mueve cada día.
- Sólo te olvidas de una cosa, querido.
- ¿De qué?
- De que uno de los ingredientes indispensables para que nuestros encuentros sigan teniendo ese aliciente que tienen es el factor riesgo; el placer de lo prohibido, de lo complicado, de lo reprochable. Si me quitas el maquiavélico placer de sentir que hago y deshago cuando quiero el puzzle de mi vida a sabiendas de que no debería, esto perdería toda la magia que lo envuelve.
Saqué un cigarrillo de mi minúsculo bolso y lo encendí. Un hilillo de humo pronto difuminó tu gesto desencajado ante mis ojos. Con movimientos pausados saqué el espejo y la barra de labios. Me retoqué el carmín y, casi sin reconocer mi propio cinismo en el pequeño espejo ante mi, te dije:
- Hemos sido infieles a los que nos rodean para sernos fieles a nosotros mismos. Pascal dijo que sólo hay dos tipos de hombres: los justos que se creen pecadores, y los pecadores que se creen justos. ¿En qué grupo crees que estamos, querido?

miércoles, 24 de octubre de 2007

Cala Negra

Como una cala negra envuelves mis ausencias. Renuncio a tu vacío en una noche cualquiera. Me entregué hace tiempo, no a ti, sino al abismo de tenerte. A la idea ineludible de que me pises los talones en el horizonte de la corrección y pases la mano, como cada mañana, por el doble filo de ese sentimiento de culpa que nos rodea.


Como una tormenta entre las nubes azotas mi conciencia. Tus ausencias son presencias irreversibles, aunque reconocerlo me ponga de lleno en la encrucijada del malogrado intelecto y la ferviente volición.

Me asusto al pensar que renunciaría a la idea de renunciarte. Y haciendo malabares con lo que se debería ser y lo que se es, me adentro tras de ti en la trastienda de las apariecias, tan reprochables como tiránicamente sinceras.

lunes, 8 de octubre de 2007

Le Pont Neuf

El viento parisino cortaba mis mejillas en mi apresurado caminar a través de la noche oscura. Aunque no era la primera vez que lo hacía, reparé en que parecíamos extrañas criaturas, siempre refugiadas en ese manto denso y lóbrego bajo el que se perdía cualquier atisbo de mesura.
Mis pasos resonaban armónicos por la Rue des Bourdonnais, entremezclándose de vez en cuando con mis divagaciones mentales. Traté de atisbar tras la neblina que causa la humedad en el aire en las inmediaciones del Sena, adentrándome en la penumbra suspendida sobre el Pont Neuf. Allí, en mitad del puente, bajo la aureola del mismo farol de tantas noches, me estabas esperando.
El tintineo de mis tacones en la lejanía te llamaron a girarte. Aun de lejos, descubrí tu mirada maliciosa entre el ala del sombrero y el cuello de tu gabardina. Tu ademán a medio camino entre galán y tahúr me hizo estremecerme. Me estremecí aún más cuando me ceñiste contra tu cuerpo y noté tu calor pegado al mío.
"Creí que nunca llegarías, muñeca", me dijiste con la voz entrecortada.
"Hace un frío terrible en mitad del puente, ¿no crees?", dije casi temblando, no se si por el frío o por la excitación.
"Sí, querida. Pero tengo la solución hasta para eso".
De repente tus manos me anclaron a tu cuerpo y tu boca engulló todos mis besos. Notaba el frío de la baranda del puente a mis espaldas, pero para entonces, mi cuerpo ardía irremediablemente en deseo. Te separaste inesperadamente y me miraste a los ojos con furia. Apartaste un mechón de mis cabellos que discurría hombro abajo. Rozaste mi cuello con el dorso de tu mano y un escalofrío me recorrió la espalda. Sin que pudiera hacer nada por evitarlo, acariciaste mi escote, desabrochando un botón de mi camisa de seda. Y luego otro. Y otro. Intridujiste la mano helada y me acariciaste con impaciencia. Con desesperación. Con avaricia. Pronto tus manos se trocaron en tus labios. Así tu cabeza con fuerza contra mis pechos, inclinada sobre la baranda del puente; entregada a la dulce locura de hacerte creer que no soy yo quien manda.

viernes, 21 de septiembre de 2007

Tras el Cristal

Salí de la ducha después de un día tremendamente agotador y me cubrí con mi albornoz. Olía a recién lavado. Me sequé con él la cara y el cabello ligeramente y lo anudé con firmeza a mi cintura. Cuando las gotas intrépidas dejaron de rodar por el interior de mis muslos, deslizándose en un viaje mortal por mis rodillas, caminé hacia el salón. Sin siquiera reparar en ello, me abrí camino entre la oscuridad de la estancia, en una suerte de sonámbulo paseo hasta la ventana. La penumbra irrumpía con descaro a través de la cortina de agua que difuminaba las formas tras el cristal semi empañado. Otra de esas noches frías de otoño parisino...

Encendí un cigarrillo dejando que un baile de luces en semitono embriagara mi mirada. De repente creí sentir tu mano asiéndome con fuerza por la cintura, como tantas otras noches, en un intento de fijar tu cuerpo contra el mío. Tus palabras obscenas resonaban cada vez más lejos de mi cordura, y tus labios rozaban ya mi indecencia.

Dí otra calada al cigarrillo, en un intento de apartar esos pensamientos incandescentes que queman mis soledades. Pero la llama anaranjada refulgiendo a unos centímetros de mis labios me hizo emular sin remedio los besos que te daría. Me llevé la mano al pecho y dejé que el albornoz se deslizara por mis hombros, acariciando mis caderas, y cayera a mis pies.

"A mis pies", me repetí, simulando una de tantas veces en que te lo ordenaba.

Para entonces, había traspasado ya el horizonte de las fantasías. Ahora, mis manos suplantaban tus caricias hundiéndose con malicia en la noche. En la noche húmeda. En la perversa noche...

miércoles, 19 de septiembre de 2007

Reflexiones Encapsuladas

Hoy se han abierto las compuertas del cielo. Una lluvia intensa se ha cernido sobre el baile sonámbulo de mi quehacer cotidiano y, sin quererlo, un instante de plagio de otoño me ha traído el ansia de tus besos disecados.

Me pregunto a donde irán todos los besos no dados; los pensamientos olvidados; las ilusiones perdidas.

Quizá al mismo sitio en el que se encuentren los besos que no quisimos; los pensamientos que desechamos; las ilusiones muertas.

Hoy es uno de esos días de respiración entrecortada, de conciencia exhausta, de reflexión encapsulada. Uno de esos días en que me clavaría un tacón en la sien con tal de no seguir escuchando la chirriante turbina de tu desgastado recuerdo...

jueves, 13 de septiembre de 2007

El Hotel

Salí a la calle y, sumergido en esa pátina gris que recubre París a estas alturas del año, se encontraba él en su descapotable rojo. Me lanzó una sonrisa que percibí a través del retrovisor en cuanto me vió contoneándome hacia él. Con su habitual elegancia, salió del coche y me tomó la mano. Con la maestría propia de quien lo ha repetido miles de veces, me acercó hasta él, me agarró con firmeza la cintura y me besó en la mejilla. Abrió la puerta del coche y me depositó en el asiento, como quien deposita en la palma de su mano una pompa de jabón.


Un coche descapotable es francamente incómodo cuando llevas el pelo suelto y un fular de seda al cuello. Pero sólo por observar su gesto despreocupado cuando, detenidos en cualquier semáforo, me acaricia el cabello en un intento frustrado de poner en él el orden que no es capaz de poner en nuestras vidas, merecen la pena todos los enredos.

Nos deslizamos dentro del restaurante del Hotel Le Lavoisier y, nada más vernos entrar, el camarero se apresuró, bandeja en mano, con mi habitual copa de Chardonnay y su apéritif. Para mis adentros pensé que era mejor que se diera prisa en servirnos, o de lo contrario, me encontraría de súbito sin saber cómo ni por qué, transportada casi sin ser consciente de ello a una de las habitaciones del lujoso hotel, llevando sólo unos magníficos Christian Louboutin que él había dejado sobre la cama.

"No se si has reparado en la punta afilada que tienen", dije con malicia. "Y en el afiladísimo tacón". Hice oscilar el zapato perfectamente enfundado en mi pie a un palmo del suelo.
"Pareces una diosa", dijo, mientras bocanadas de pasión emanaban de sus ojos.
"Soy una diosa. Y ahora voy a hacer contigo lo que yo quiera..."

Me contoneé insiuante en un baile que lo encandiló y, robándole sus parpadeos e incluso la respiración, me colé de pleno en sus fantasías . Me incliné sobre el diván y, entre la ropa esparcida, encontré mi fular de seda. Rodeando mi cuello delicadamente con él, caminé hacia el borde de la cama, donde él yacía inmóvil. Lo empujé con determinación y me puse a horcajadas sobre él, mientras mi busto se reclinaba con lentitud sobre su rostro. A un centímetro de él, mientras notaba su jadeante respiración chocar contra mis pechos, me vió deslizar con suavidad el fular sobre sus muñecas, fijándolas con firmeza al cabezal de la cama. Y enloqueció.


Era mi turno en el juego. Y lo tenía bajo mi control. Jugueteé con sus aparentes temores, con su irregular respiración, con sus exalatadas pupilas y sus pasiones desbordadas. Coqueteé con el descaro y el atrevimiento. Con el peligro. Con lo prohibido y lo deseado. Y lo poseí. Poseí todos sus instantes de fantasías pasadas y todos sus instantes de recuerdos futuros. A partir de ahora, me pertenecería. Y no sólo él, sino todas las facetas de su quehacer cotidiano que tuvieran como trasfondo el recuerdo grabado a fuego de todos y cada uno de los movimientos que describimos en aquella habitación.

martes, 11 de septiembre de 2007

Sin Respiro

A veces, cuando el tiempo se me echa encima y me araña con sus manos de bruja insolente, me recuesto en la quietud de cualquier efímero instante y pienso en cualquier otra cosa que no sea ese segundero repetitivo, verdugo que nos acompaña en nuestro quehacer cotidiano. Tengo la mesa poblada de papeles y la cabeza inmersa en una lucha por la autosuperación, por el dar el máximo de mi misma a cada momento, por el acabar pronto y con éxito el puzle de palabras y razonamientos complejos que me ocupan a cada momento.

Es el inconveniente de ser muy exigente.

Así me encontraba: inmersa en la pantalla de cristal líquido tamaño acuario que tengo delante, casi hipnotizada por un baile de letras salpicándose ante mis ojos con una destreza ejemplar, cuando sonó el teléfono. A malas penas había salido de mi estado de catatónico trance, cuando una voz inconfundible me arrancó súbitamente de él:

-Hola muñeca.
-Hola! ¿Qué tal estás?
-Muy bien, ahora que por fin escucho tu voz..

Me sorprendí sonriendo ante las letras estáticas en mis pupilas.

- ¿Qué te parece si te recojo y comemos juntos? Hace mucho que no nos vemos, y no sabes lo que me apetece..
- De acuerdo. Llevo un día bastante complicado. Pero intentaré sacar tiempo de donde sea. ¿En un par de horas te parece bien?
- En un par de horas me tendrás de nuevo ante tus ojos.. y quién sabe qué más.

Tenía que darme prisa y acabar el artículo que tenía entre manos. Pero cuando quise darme cuenta, las dos horas habían volado casi tan rápido como mis alborotados pensamientos. Y en ese estado, lo que más me convenía era un respiro. Me puse en pie y fue al baño. Me retoqué el carmín, me atusé el cabello, me puse perfume y miré atónita mi reflejo, con una de esas sonrisas que te dicen: “querida, hoy estás fantástica”.

sábado, 8 de septiembre de 2007

El Tiempo contra el Destino

Hoy mis letras se deben a vosotros, mis lectores, mis compañeros. Mis presencias que pobláis los pasillos desiertos que rezuman ecos, ausencias; impregnados de recuerdos, de fantasías, de pasiones. Hoy mis letras son parte vuestra. Yo me he permitido sólo la licencia de tejer una simple red de pensamientos entre ellas, entre vuestros comentarios a mi anterior actualización. Todos y cada uno de vuestros comentarios me han hecho estremecerme. Así es que sólo puedo agradeceros vuestra compañía y dedicaros este humilde homenaje.

Por orden de cita: Venus (V), Lágrimas de Mar (LM), Patricia Gold (PG), Allen (A), El Antifaz (EA), El Antifaz (EA) (otra vez), Kroket (K), Ana R. (AR), Erótica Dominación (ED), Hugo (H), Blue (Bl), Baco (B).

A todos vosotros,
Gracias.

***

Sin amor no se puede vencer ninguna distancia por más corta que ésta sea (V). Esta afirmación es completamente cierta pero se torna en relativa cuando, en esos días en que te levantas con mente plomiza, le das más vueltas de las que deberías. Sí. Te repites. Si no hay ni una pizca de amor todo queda en nada y, si no hay nada, no merece la pena seguir (LM). Hay días en que el peso de todos los interrogantes existenciales parecen hacerme desaparecer bajo mi ya de por si pesada conciencia, pero por fortuna, soy una mujer de retos y, ante cualquier cosa que pueda presentarse como compleja, me crezco. Es algo que viene conmigo y difícilmente podré cambiar. Si acaso quisiera cambiarlo, claro.

Bien pensado, no todas las ausencias son duras. A veces hay ausencias que no necesitan distancias (PG). Y estas son, sin duda, las que sirven de acicate. Las que forman parte del juego. Otras veces sin embargo, la distancia, la ausencia, los momentos parecen complicados. Pero, en el fondo, sirven para reforzar sentimientos o despejar dudas (A).

Me pregunto qué esconden las ausencias. Seguro que, con su verbo grácil y de encantador de serpientes, Él me contestaría: “Lo que unen son las ausencias, lo que se disfruta es cuando me dejas el brazo para que no me caiga. Si te agarro no te suelto. Así nos quedamos unidos (EA)”. Ya dije que tenía esa turbadora facultad de adornar los momentos complicados con las más acertadas palabras. Y la debilidad de haberse quedado enganchado de mi Brazo de Mujer.

Pero no es amor lo que sentimos. No puede haber amor entre nosotros. Ya lo dije. No puede ser amor algo tan egoísta e interesado. Y, sin embargo, a veces lo parece. O al menos se parece a eso que precede o sucede al amor. Esa extraña sensación de novedad que precede al amor y que, en nuestro caso, no se extingue con el paso de los años. Esa extraña sensación de serenidad y confianza, sin realmente tenerla, que sucede al amor. Extraño fair play. ¿Es posible que exista un amor sin serlo? Localizadme el amor cuando no está exactamente en el corazón…(EA)

Las ausencias se combinan con presencias, y la aparente moderación con el más indómito desenfreno. Es un juego de estrategia hacia el exterior, de estrategia recíproca e incluso hacia nosotros mismos. Y en esas jugadas yo seré capaz de hacerle un jaque al rey, porque sin su ausencia mi lazo no sería visible (K) en esta partida que se prolonga ya tanto tiempo y sin enroques.

Me pregunto si jugamos nosotros o es la mano del tiempo la que juega. El tiempo contra el destino. El tiempo que llevamos jugando contra el destino que manipula lo que nos pasará. Qué partida interesante… A menudo pienso que es el tiempo el que parece jugar y recrearse en ese juego. Y nos hace jaque mate (AR).

Cuanto más tiempo pase, más recuerdos buenos tendré (ED). Y más huellas dejaré en su zigzagueante línea del tiempo. Mis zapatos y mis tacones han sido de relevante importancia en mi vida...(H) Lo último que hicieron fue llevarme hasta ti y enredarme en tu destino. Mis tacones siempre dejan tras de sí un sonido maravilloso (Bl). Y no va a resultar fácil dejar de oírlo.

Hay huellas que se pierden en la arena; pasos rodeados de tierra, piedras, pasto...; hay ecos que martillean la conciencia, que nos recuerdan de dónde venimos, a dónde vamos...(B) Pero yo seguiré caminando hacia donde me lleven mis pasos.

sábado, 1 de septiembre de 2007

Mi Brazo de Mujer

Sin ser consciente de ello, esbozo una sonrisa cuando recuerdo la manera en que te conocí. Aquel gran salón, los refinados invitados, los camareros con sus impecables smokings. Las notas del piano flotaban en el aire justo en el momento en que las burbujas del champagne chispearon en tus ojos al curzarse con los míos.

"Creo que no nos han presentado", dijiste deslizándote con un galante gesto hasta mi.
"No, creo que no nos conocemos", dije, extendiéndote mi mano.
"Bonitos zapatos"
"Lo sé"

Mi sonrisa amplia apresó tu mirada justo cuando te inclinaste para besar con delicadeza mi mano. Vi tus ojos perdierse entre mis labios y sólo mi copa alzada ante tí te liberó de tu ensimismamiento.

"Santé"
"Santé..."

Nuestras copas tintinearon en el centro de la sala cuando con elegancia las hizimos chocar. Sin saberlo, nuestros destinos también tintinearon justo en aquel instante.

Estuvimos charlando sumergidos en el tumulto o resguardados en la tranquilidad de cualquier rincón. A ratos entre la gente, a ratos al margen de aquellas presencias que, escurridizas, pululaban de uno en otro salón. Nos dirigimos al piso inferior. La escalera de caracol era una estampa magnífica, pero un peligro flagrante en combinación con mis tacones y las copas de champagne que tanto habían amenizado la velada. Con un gesto espontáneo, casi inconsciente, me agarré de tu brazo y, juntos, descendimos peldaño tras peldaño con paso solemne.

Mi sonrisa se torna aún más amplia cuando recuerdo tus palabras tantas veces pronunciadas, quizá en un esfuerzo frustrado de encontrar una explicación lógica a aquello que no la tiene. "Puede que no repararas en ello pero, cuando te agarraste a mi brazo, algo se desencadenó en mi interior. Te agarraste a mi brazo, y con él a mi vida. Ha pasado mucho tiempo, pero aún no he logrado desasirme de tu brazo de mujer. Ni ganas"

Hasta hoy, las ausencias se prolongan quebradas, de vez en cuando, por una turbulenta convergencia en espacio y en tiempo. ¿Quien ha dicho que es la compañía la que une? Lo que une son las ausencias, y las presencias son simples pretextos donde se apoya nuestra delgada linea del tiempo. Necesarias para que el caprichoso destino siga jugando al ajedrez con nosotros.

viernes, 24 de agosto de 2007

Almas Gemelas

Me giré y descubrí tu rostro en la oscuridad velado tras una pátina de desconcierto.

"¿Qué pasa? ¿Dónde vas?", me dijiste asiéndome con firmeza del brazo.
"Lejos de ti, donde mis tacones no puedan hacerte daño, donde mis besos vuelen libres, donde mis pasiones se dulcifiquen"
"¿Quién te ha dicho que no quiero que me hagas daño? ¿Quién te ha dicho que no me lo haces ya, sea con o sin tus tacones? ¿Dónde van a estar tus besos mejor que en mi piel? Y, ¿dónde van a saber tus pasiones más dulces que a mi lado?", me dijiste pasándome con dulzura tus dedos por mi mejilla. Y con tu consabido verbo de encantador de serpientes me susurraste:

"¿Y quién te ha dicho que no comparto tus temores?"

Sus palabras me tranquilizaron. Si bajo esa coraza de egoísmo y determinación había un mínimo temor, había algún sentimiento; algún vestigio de que era sensible; en cierto modo razonable. Y humano. Sobre todo, humano. Continuó encandilándome con sus palabras de terciopelo:

"¿Qué te hace pensar que esto no me preocupa, tesoro? En cierto modo lo hace y en cierto modo no. Me inquieta que pueda írsenos todo de las manos. Me preocupa el riesgo que esto puede suponer para mí. Pero a la vez, prefiero pecar y cargar con el peso del pecado. Es más fácil cargar con lo conocido que con lo desconocido. Y prefiero arrepentirme de lo que he hecho que de lo que no, y más si es a tu lado. Si es que algún día me arrepiento, claro. Somos compañeros y adversarios: jugamos cada uno a un lado de la red, pero en la misma pista. Y jugamos bien, tesoro. ¿Quieres prescindir de esto? Porque yo no. No pienso renunciar al hecho de verte y sentirme afortunado; de tenerte ante mis ojos, y sentirme orgulloso de ti; de sentirme especial por el simple hecho de que formes parte de mí. Lo queramos o no, eres parte mía, y eso no lo va a cambiar nada".

Sus palabras resonaron tan adentro en mi interior que dudé si las había pronunciado él o era yo la que hablaba. Me sobrecogió el hecho de que siempre fuera capaz de poner las palabras adecuadas a los momentos difíciles. Tal y como yo haría. "Eres parte mía, y eso no lo va a cambiar nada", me repetí.

"Eres parte mía, y eso no lo va a cambiar nada", te repetí.

Decencia Perdida

Cuando me quise dar cuenta, tu brazo me arrastraba fuera del coche y la puerta se cerraba tras de mi erradicando cualquier posibilidad de retracto. Tus manos me exploraban ya sin límites cuando atravesamos el salón. Tus besos me empujaron escaleras arriba sin siquiera darme tiempo a responderme al único interrogante que aún quedaba, rezagado, en mi alborotada cabeza.

"¿Qué estamos haciendo?", te dije.

"Lo que importa no es lo que estamos haciendo, tesoro, lo que importa es lo que nos queda por hacer..."

Con un movimiento aparentemente agresivo, pero perfectamente estudiado, me tiraste encima de la cama. Te arrodillaste encima de mi y me agarraste con fuerza las muñecas. Me besaste con furia sin permitirme el más mínimo movimiento. Los latidos no cabían en mi pecho. El deseo se desbordaba en mis pupilas. Sin darme tregua, me arrancaste la ropa con esa expresión obsesivamente enajenada que me aterra, pero me hace perder la razón. Me arqueé encima de las sábanas revueltas hasta que tu cuerpo y el mío quedaron fundidos en un vaivén de jadeos y susurros obscenos.

Cuando me arrancaste la ropa me arrancaste, sin saberlo, el corazón. Deshiciste con tus besos mi piel hasta adherirla por completo a la tuya. Perdí entre las sábanas mi decencia en ese juego sin control. Tu piel clavada en la mía. Tus labios sellados en mi piel. Y en medio de ese tórrido delirio comprendí que nos hallábamos sumergidos en una espiral sin salida.

El agujero negro de nuestra obsesión por lo prohibido nos condujo al centro de una noche en la que me desperté entre tus brazos y bañada en tu sudor; bajo unas sábanas impregnadas de desenfreno en este doble juego de pasión y desgarro. Te miré. Miré en derredor. Las luces que salpicaban la noche se colaban por entre las rendijas de la persiana. Sólo entonces reparé en esa fotografía. Tú, ella y tus hijos, en una hipócrita pose de familia feliz. Te miré de nuevo. Dormías ajeno a mis preocupaciones. Y no se si me diste asco o simplemente te odié. Por no ser yo la que estuviera en esa foto o por ser tú el que lo hiciera, qué más daba. En cualquier caso, me levanté de un salto, me vestí en un intento fallido de sofocar el fuego que aún ardía sobre mi piel, y salí a tientas de aquella improvisada jaula intentando correr más rápido que el conflicto que, por momentos, se desataba en mi interior.

Era una noche fría y húmeda. Los adoquines resbaladizos se escurrían bajo mis pies. A malas penas lograba abrirme paso en la densa oscuridad, perdida entre mis pensamientos y aplastada bajo el peso de mi conciencia. Víctima aún de tus susurros, de tus besos, de tu olor me deslicé sin rumbo observando cómo todo estaba en calma ahí afuera. Preguntándome si en algún momento podría encontrar toda aquella calma también en mi interior.

En ese momento, noté una mano sobre mi hombro. Esperaba que no fueras tú.

Pero necesitaba que sí lo fueras.

martes, 21 de agosto de 2007

Sentimientos Encontrados

Me quedé sentada en el bar, esperando la señal. De súbito, mi teléfono se iluminó en el escueto bolso y lo saqué a medio camino entre la impaciencia y la insolencia. Enarqué una ceja y, enciendiéndome otro cigarro, leí el mensaje:

"¿En tu coche o en el mío? Date prisa en venir si no quieres que medio Paris salte por los aires. Estoy que suelto chispas"

Solté una carcajada enmarcada en mi recién retocado carmín rojo, y el camarero me miró frunciendo el ceño. Sin prestar más atención que la que tú me habías suscitado, te contesté:

"En el tuyo, por supuesto. ¿Acaso obvias que soy una dama? Quiero que me lleves. Y, por cierto, mucho me temo que más de medio Paris está a punto de saltar por los aires.."

"Te espero a la vuelta de la esquina. Date prisa: no aguanto un solo momento más sin tí a mi lado."

Estas últimas palabras me hicieron estremecerme. Salté del taburete dejando un vacío tras de mí propio de quien corre más rápido que el propio tiempo y más allá de su conciencia. Y fui a tu encuentro. Distinguí tu coche en la penumbra. Tus ojos me apresaron en la oscuridad y me llevaron hasta ti. Abrí la puerta pero me detuve un segundo. Otra vez. Otra vez estaba a punto de dar ese paso sin vuelta atrás; de emprender ese viaje sin retorno en el que cada vez nos adentrábamos más y mucho más aprisa sin querer siquiera apercibirnos de las consecuencias. No debemos, me dije. Esto no debe pasar. No otra vez. Esto no puede ser. Te miré. Me capturaste con esa sonrisa maléfica encajada en tu rostro angelical. Apenas me dio tiempo a reaccionar cuando me sorprendí diciéndote:

- Vamos. No quiero compartirte ni un segundo más con tu línea del tiempo. Mientras estamos juntos, nuestros destinos están abocados a nuestro antojo. Ahora eres mío. Y no sabes la que te espera. Por cierto, ¿adónde me llevas, querido?
- A mi casa.
- ¿A tu casa? ¿Has perdido el juicio?
- Mi mujer no está. Y sí, he perdido el juicio. Pero de eso tienes tú la culpa.
- ¿ Y si nos ve alguien.. no sé, los vecinos?
- No te preocupes. A estas horas no creo que quede nadie con ganas de descubir qué hace su vecino "el políticamente correcto" en su tiempo libre..

"Políticamente correcto", me repetí. Qué cara más dura. Conque eso es lo que soy: un pasatiempo para su tiempo libre. Pretende llevarme a su casa. No me lo puedo creer. O ha perdido completamente la cabeza, o se la he hecho perder yo. Pero lo que está claro es que me está obligando a meterme en su esfera privada. Maldita sea.. En su esfera privada. Voy a compartir el espacio con su mujer. Con sus hijos. Voy a arrebatarles el aire contenido entre esas paredes. Voy a suplantarles en el tiempo y también en el espacio. Esto me perturba. Me estoy metiendo en vidas ajenas.. me están metiendo en vidas ajenas...

El sonido del freno de mano me sacó de mi ensimismamiento.

"Por fin un semáforo en rojo", te oí decir. Y sin darme tiempo a respirar, te abalanzaste sobre mis labios, haciendo enmudecer mis pensamientos. Te mordí con fuerza los labios y, como siempre, te quejaste con dulzura. Te besé de nuevo y sonreí mirándote a los ojos. Querido, me dije, si no te preocupas tú por lo que haces con tu vida, ¿qué sentido tiene que yo lo haga? Cada uno que cargue con su culpa.

"Date prisa: mete primera y arranca, a ver si encontramos otro semáforo en rojo de camino a tu casa".

sábado, 18 de agosto de 2007

El Preámbulo

Sin apenas ser consciente de ello había llegado hasta ti y me había deslizado entre tus brazos con corrección y atrevimiento, permitiendo que tu mano me ciñera firme la cintura y se deslizara cadera abajo en un minucioso despiste.

Comenzamos a cenar. Todo era exquisito: el champagne, el magnífico salón, los refinados garçons y la música de fondo que acariciaba mis sentidos. Como tu presencia. Sin esperármelo, me rozaste la pierna bajo el mantel. Y clavaste tus ojos en los míos con una expresión casi profética. El champagne difuminó pronto los límites dentro y fuera de nuestras alborotadas conciencias. Tus manos rozaban por accidente las mías, tu pierna se entrelazaba con la mía, tu mirada se fundía con la mía.. Y todo frente a los accidentales espectadores.

Nos dirigimos al bar. Me senté en uno de los taburetes con asiento de terciopelo rojo y crucé las piernas. La punta afilada de mi zapato quedó a la altura de tu rodilla. Te golpeé suavemente mientras pedías dos cóckteles. Te giraste y me agarraste fuerte del brazo. Tu rostro se perdió descaradamente entre mi cabello y sentí tus dientes hundirse en mi cuello.

Mi cuerpo se deshizo en un torbellino inconfesable de sensaciones que me hicieron saltar del taburete y me arrastraron contra ti. Te rodeé con mis brazos, acorralándote contra el cuero negro con incrustaciones de cristal del lujoso bar. Aunque no cabía un alfiler entre nuestros cuerpos, di un paso más hacia ti hasta que sentí mi pecho aplastado contra el tuyo. Mis ojos te devoraban. Mi boca también.

En un baile enloquecido, tus manos se deslizaban por el tobogán de mi falda mientras se me desbordaban a borbotones tus besos. Con un giro acrobático me colocaste de espaldas al bar, pero no me resistí. Esta vez quería sentirme dominada. Tus manos desaparecieron bajo mi blusa, y el cuero terso y cálido del bar se adhirió a mi piel. Me apretaste aún más contra el cuero a mis espaldas. Podía ya notar tu pasión enhiesta. Estuve a punto de perder por completo el control pero me contuve: no debíamos perder de vista que ninguno de los dos debía estar allí y en ese momento. Y mucho menos entregados el uno al otro.

Sin que aún te lo esperases, te clavé el afilado tacón en el empeine e hice un ejercicio de equilibrio sobre él. Sin embargo, no te quejaste. Me miraste enajenado tirándome suavemente del pelo, mientras hacías resonar un azote en mi trasero.

"Sabes tocar muy bien mis teclas, querido", te dije con una mirada encajada entre el ardiente deseo y el más puro desafío.

"¿A qué esperas para sacarme de aquí y darme lo que me merezco?"

miércoles, 15 de agosto de 2007

Doble o Nada

Era una mañana de agosto grisácea. La temperatura parecía comedirse a las 9 de la mañana y escasos rayos de sol asomaban sin ningún propósito en un intento desairado de serrar las espesas nubes azuladas. Sonó el teléfono en su modalidad de timbre histérico, y de un sobresalto me precipité sobre el auricular.

"¿Si? Te he dicho que no me gusta que me llames a casa, y menos a estas horas. ¿Esta noche? De acuerdo. Sí. ¿Dónde quieres que nos encontremos? Sí, en Saint Honoré. Bien. Allí estaré... Por supuesto que los llevaré ¿Con quién crees que estás hablando, querido?"


La mañana voló y en el remolino de su huida arrastró consigo a la tarde gris y lluviosa de un dia cualquiera de agosto. Tenía una cita en esacasos minutos y debía estar a punto. Pensé de nuevo en el hecho de que me hubiese llamado a casa y tan temprano. Nuestros encuentros empezaban a sucederse con más frecuencia de lo habitual. Casi podría decirse que adquirían una cierta regularidad dentro de lo inusual. Pero las trabas que debíamos superar para hacerlo eran el aliciente indiscutible para no privarnos de ello. No por el momento.

Conduje por las adoquinadas calles del centro de Paris con habitual serenidad. Encontré por fin un semáforo en rojo. Con una hiperbólica sincronización alargué mi brazo al asiento de al lado, y abrí el bolso. Extraje el pintalabios, giré cuidadonsamente el embellecedor rojo y dorado y me retoqué el carmín. Acto seguido, comprobé mi cabello. Todo en orden. Me acerqué más aún al espejo retrovisor y, minuciosamente, comprobé que la sombra oscura que envolvía mi mirada, oscura ya de por si, seguía en perfecto estado. Me sobresalté con el sonido del claxon del coche de atrás y metí primera al tiempo que un haz difuso de luz verde inundaba el habitáculo.

Cuando llegué al lugar indicado, detuve mi coche. Miré la entrada del lujoso restaurante a través del cristal cuando, repentinamente un atento garçon me sorprendió con una voz grave y varonil: "Madame...". Me abrió educadamente la puerta y descubrí a un joven apuesto y refinado. Lo miré. Puse un pie sobre los adoquines redondeados, clavando el afilado tacón para afianzar mis movimientos. El joven muchacho miró atento mi zapato, después la pierna y ascendió hasta clavarme su mirada en mis retinas. Me tendió su mano firme y cálida que, naturalmente, no rechacé. Salí del coche y me quedé a corta distancia frente a él. Tenía unos bonitos ojos castaños que, almendrados, me sonreían. Inclinó su rostro en un gesto casi reverencial y le tendí las llaves de mi coche. "Con cuidado", le dije. Clavó de nuevo su mirada en mis pupilas y con una sonrisa seductora susurró: "Bien sure, Madame". Para entonces ya me había encendido un cigarrillo. Miré al joven de reojo, saqué la boquilla impregnada de Dior Addict Rouge de entre mis labios y liberé un hilillo de humo.

"Lástima que no tenga más tiempo y tú estés trabajando".
"Pardon?"
"Hasta la próxima, muñeco"

Sonreí con picardía mientras perdía de vista al joven tras la nube de humo blanquecino, y me dirigí al interior del restaurante. Con pasos delicadamente cortos, pero seguros, debido al escueto diámetro de mi falda y a la excesiva altura de mis tacones, me deslicé sobre la moqueta roja. Subí uno tras otro los escalones conocedora de que cada uno de ellos representaba un paso más en ese viaje sin retorno. Apoyé una mano sobre la balaustrada acercando de nuevo el cigarrillo a mis labios. Miré en derredor, mientras intentaba contener los feroces latidos en el interior de mi pecho. En algún lugar entre los candelabros de plata, las velas encendidas, el bar de cuero negro con incrustaciones de cristal, las lámparas de araña o el piano de cola, me estabas esperando.

En efecto, como si de imanes se tratara, nuestras miradas convergieron de súbito en el centro del salón. Te sonreí, aún de lejos, y sin apartar siquiera un segundo mis ojos de los tuyos, me dirigí a tu encuentro.

Mientras, en el otro lado del salón, el croupier se desgañitaba: "Mesdames et Messieurs, fait vos jeux... Rien ne va plus..."

domingo, 12 de agosto de 2007

Necesidad Irracional

Sin apenas darnos cuenta, nos encontramos sumergidos en las corrientes turbulentas de la pasión más desatada. Me hiciste presa entre tus brazos. Sumisa, como las reglas del juego mandan, dejé que tus manos moldearan mi cuerpo a su antojo y tus besos se tatuaran en mi piel.

Las sábanas de seda rodaban sobre y bajo nuestros cuerpos víctimas de un frenesí inesperado. Tus labios me arrancaban palabras obscenas y tus caricias, sollozos de placer. Me mordiste con fuerza en el cuello. Te miré desafiante y te susurré:

"No vayas a excederte, que aún llevo los zapatos puestos..."

Con un delicado movimiento propio de un contorsionista, me agarré un tacón con la mano. Y te sonreí lasciva.

No dijiste nada. Pero tus ojos enardecieron a la vez que todo tu cuerpo. Sabía que ahora ya no había marcha atrás. Sabía que, como en cada uno de nuestros encuentros, emprenderíamos un viaje sin retorno, tan prohibido como deseado.

Tus caricias se tornaron violentas. Engullí tus besos uno tras otro hasta que sentí la necesidad irracional de clavar mis uñas en tu espalda. Te quejaste. En vez de detenerme, te mordí los labios. Apreté con fuerza tu cuello contra mi, en un intento involuntario de asfixiarte con mis gemidos. Y así, respirando un mismo aire, unidos por una misma piel, y entrelazados nuestros cuerpos en tiempo y en espacio, permanecimos meciéndonos al ritmo de la pasión. Perdí la noción del tiempo. También la del espacio. Perdí la decencia y la prudencia. Perdí la conciencia y quién sabe si la razón.

Aún bajo las sábanas húmedas, con ese vacío atroz y despótico que dejas siempre tras de ti, me escuché susurrarte:

"Entre nosotros no hay amor. Nunca podría haberlo. Entre nosotros hay fuego. Tanto que temo que se nos pueda desintegrar el alma... allá donde quiera que la tengamos".

viernes, 10 de agosto de 2007

Todo menos los Zapatos

No creo recordar cómo llegamos hasta arriba. Sólo recuerdo unos cuantos escalones discurriendo fugaces bajo mis pies, el sonido precipitado de mis tacones pasillo a través, y la puerta cerrándose de golpe a mis espaldas.

Con la luz todavía apagada, te avalanzaste sobre mi aplastándome contra la puerta que resonó en la hoquedad de la noche. Tus manos me exploraban a tientas con el ansia del que corre en contra del tiempo y más allá de lo prohibido. Yo recibía tus besos casi con avaricia, a sabiendas de que en breve me vería de nuevo privada de ellos. Más que besarte, engullía tus gemidos, tus susurros descardos, y mordía con rabia tus silencios en una suerte de venganza.

A tientas, diste con el interruptor de la pared de la entrada. Por suerte, la luz era ténue. A pesar de no serlo, la recuerdo anaranjada, como un manto de terciopelo, crepúsculo improvisado en la intimidad de mi alcoba. "Aquí sólo puedes ser mío", me repetía.

Con la habilidad de un experimentado trilero, conseguiste despojarme poco a poco de mis ropas. Cada prenda mía que daba en el suelo era secundada por una tuya, arrancada con no menos virulencia. "Todo menos los zapatos", te dije. Sabía que te gustaría oir esas palabras. Sabía -y no me equivoqué- que te encantaría que sumisa hiciese lo que más deseas, pero con esa determinación de quien parece llevar las riendas.

"Ahora me toca a mi", te espeté. Con un movimiento desafiante te empujé hacia la cama. No hablabas. Sólo me mirabas absorto en una mezcla de admiración e incredulidad. Retrocedías sin oponer resitencia, mientras tus ojos azules de gato se clavaban en los míos.

"Eres un cabrón", te susurré.
"Pero me encanta".

miércoles, 8 de agosto de 2007

Tormenta

Era una noche oscura y lluviosa, de esas en que nadie debería errar por las calles de ninguna parte a riesgo de ser engullido por el cielo mismo. La cortina de agua dificultaba mi visión a escasos veinte metros y la bolsa del supermercado pesaba demasiado como para garantizar que mis ejercicios de equilibrio sobre los adoquines fueran seguros. Mi paraguas y mi gabardina, que trataba de asirse a mi cintura en un esfuerzo heróico por no rasgarse, servían de bien poco en una noche como esa.

Giré la esquina y enfilé la calle chorreante de penumbra. La tormenta arreciaba y ya me quedaba poco para llegar a casa cuando pude distinguir tu silueta bajo un farol tintineante. El sonido hipnótico de mis tacones discurriendo por la acera te sacó repentinamente de tu ensimismamiento. Con un delicado ademán, te vi girarte hacia mi aún en la lejanía y esbozar una sonrisa perversa de esas que me hacen perder cualquier atisbo de prudencia.

Aún no podía ver tus ojos cuando ya los sentía, atroces, clavados bajo mi ropa.

Me acerqué y tu rostro se dibujó nítido bajo la lluvia. Como había supuesto, tu mirada felina e incandescente ya se había clavado en mis pupilas, y descendido sin censura por el resto de mi cuerpo.

"¿Qué haces aquí?", inquirí.

Pusiste tu mano en mi cuello. Te precipitaste sobre mi boca y te aferraste a ella en un beso desesperado. La mano en mi cuello ejercía una fuerza hacia ti casi innecesaria. Tu otra mano desfiló en unos segundos por el interior cálido de mi gabardina. El nudo en el estómago pareció descender unos centímetros de súbito. Hacía algún tiempo que no nos veíamos y la excitación era insostenible.

"Sube. ¿De cuánto tiempo disponemos?", balbuceé.
"Del suficiente antes de que me tenga que ir a por mi mujer".

martes, 7 de agosto de 2007

Emulación Noctámbula

Con cierto sigilo y no poco recelo, acabo de colarme en este limbo de conciencias en HTML.

Todos tenemos algo que contar. Y algo que ocultar. Por algún motivo, lo que ocultamos trasciende mucho más que lo que no. Así es que me confío a este mágico soporte de mensajes en botellas digitales, en un sencillo ritual prestidigitador de teclas irregularmente pulsadas.

Siempre me ha gustado ver mis manos suspenderse a escasos centímetros del teclado de mi ordenador, posadas sobre un sinfín de palabras aún por escribir. Las uñas, esmaltadas siempre en Chanel Le Vernis Rouge, se mueven acompasadamente sobre las teclas que aún no he pulsado.

Evocando escasos momentos atrás me pregunto dónde irán todas esas palabras no escritas, o escritas y después borradas, o perdidas en la ingravidez del ciberespacio. Como nuestras conciencias.

Enciendo un cigarrillo, y me sirvo otra copa de vino. Algo que me ayude a desviar mi atención, a mitigar los efectos secundarios de tu presencia. O de tu ausencia. De este lo que sea que me aturde y desconcierta.

El calor se hace insoportable en esta noche de verano. Me desnudo, aunque no con la maestría con que que tú lo haces. Y me dejo los zapatos puestos, tal y como me pedirías. Vuelvo a sentarme delante del ordenador y siento el cuero del sillón adhiriéndose a mi piel en un intento fallido de suplantarte. Me acaricio como si fuera a encontrar aún tus manos sobre mi cuerpo. Y hundo un tacón en la cara interna de mi muslo, justo para ver qué se siente.

"Debe resultarte francamente excitante", pienso.