sábado, 26 de mayo de 2012

La Cita

Conduje a toda prisa por las avenidas de Notre-Dame-des-Champs, abriéndome paso por las callejuelas de Montparnasse hasta llegar a Plaisance. Aparqué el coche una vez tuve Saint Joseph ante mis ojos. Su fachada de cristal refulgía cual centenares de luciérnagas al sol del mediodía.

Me preguntaba por qué habría querido que nos encontrásemos en su incómodo lugar de trabajo. "Debe ser parte del juego", pensé. "Esto debe ser como un nuevo principio", me dije, mientras pensaba que no había nada más acertado que "un nuevo principio" para identificar esta nueva jugada.

Comuniqué mi llegada al guarda de seguridad, que me miró por encima de la montura de sus gafas apostado tras el mostrador. Sin parpadear, habló con voz ronca pegado al auricular. "Docteur, j'ai quelqu'un qui vous cherche". Colgó el auricular y, sin apartar su incómoda mirada de la mía esbozó una cordial sonrisa y espetó: "attendez, madame, s'il vous plait".

Caminé sin rumbo por el hall, haciendo resonar mis tacones entre las paredes de cristal, e intentando contener las mariposas en mi estómago. De repente, al girarme, vi su silueta acercándose en la lejanía. Su rostro emergió de entre las sombras. Sus ojos se clarvaron en los míos y los vi achinarse a la vez que su sonrisa se hacía más y más amplia. Cuando lo tuve razonablemente cerca me acerqué a Él, con las ansias de fundirnos en un interminable abrazo y besar apasionadamente los labios que tanto había echado de menos guardadas en el fondo de mi saber estar, sonreí con cierto nerviosismo y le di dos comedidos y recatados besos.

"Hola, ¿qué tal estás?", me dijo.
"Ahora muy bien, ¿y tu?", contesté.
"Bien", dijo con una amplia sonrisa, mientras sus ojos de gato me miraban fijamente. "Anda, vamos". Y me condujo hacia las entrañas del moderno edificio.

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